Soberanía y endiosamiento

A colación de las recientes elecciones han acaecido a mi alrededor profundas discusiones y debates sobre la ‘participación’ política, la abstención, el mal menor… Ello me ha llevado a una reflexión a posteriori de los diferentes grupos que han concurrido a las elecciones y no sólo, pues he tratado de trasladar mis pensamientos a un nivel más general.

Las diversas opciones que iba barajando, en la mayoría de veces a modo de objeciones, chocaban con un punto de fricción insalvable que me llevaba a descartarlas. Ese punto donde la reflexión se veía obligada a retroceder era el reconocimiento de la soberanía, es decir, en última instancia quién ostenta la soberanía de la sociedad.

  1. El principio de soberanía

Para comprender más profundamente la cuestión es preciso que nos sumerjamos en la profundidad del término de soberanía, el cual nos llevará a la comprensión total de la cuestión. Pues bien, en primer lugar, la soberanía se define como un poder total e independiente, superior en orden a todo poder ajeno y de carácter indiscutible para la totalidad de aquellos a quienes afecta. Nuestra pregunta es, ¿existe ese poder en la realidad? La respuesta es sí, existe un poder soberano en la realidad, y este reside en la divinidad (el mismo santo Tomás nos habla de la existencia de dicho poder (1)). Que la soberanía tal como la hemos descrito pertenezca al ámbito divino no debería extrañar demasiado. No obstante, durante la Edad Moderna comienzan a sucederse una serie de individuos que marcarán el ámbito de la soberanía ajeno a Dios. No con ello me refiero a que se sostenga que Dios no es soberano, sino que se defiende que otros entes también lo son. Así veremos cómo en una Francia exhausta por las Guerras de Religión, Bodino sostiene la idea de soberanía como freno al caos que había acompañado a Francia durante el momento.

A partir de ese momento (y no sin un extenso caldo de cultivo anterior), en Europa comienza a desarrollarse una serie de ideologías que colocan la soberanía en diversos entes, pero que mantienen este mismo principio.

Llegados a este punto debemos preguntarnos, ¿es esto metafísicamente posible?¿Es compatible con la política clásica?

  1. El mito de la soberanía

Veamos ahora las implicaciones metafísicas de este principio de la llamada soberanía compartida y qué consecuencias tiene en el ámbito político. Para ello, es menester conocer cuál es el fin del hombre, es lo que santo Tomás denominará la bienaventuranza (2).

La bienaventuranza última y perfecta sólo puede estar en la visión de la esencia divina. Para comprenderlo claramente, hay que considerar dos cosas. La primera, que el hombre no es perfectamente bienaventurado mientras le quede algo que desear y buscar. La segunda, que la perfección de cualquier potencia se aprecia según la razón de su objeto. Pero el objeto del entendimiento es lo que es, es decir, la esencia de la cosa, como se dice en III De anima. Por eso, la perfección del entendimiento progresa en la medida que conoce la esencia de una cosa. Pero si el entendimiento conoce la esencia de un efecto y, por ella, no puede conocer la esencia de la causa hasta el punto de saber acerca de ésta qué es, no se dice que el entendimiento llegue a la esencia de la causa realmente; aunque, mediante el efecto, pueda conocer acerca de ella si existe (3).

Así el hombre queda inclinado irremediablemente al Creador y en él encuentra su fin. Si a ello le añadimos que el Creador tiene la condición de soberano como previamente hemos dicho, el hombre se ve forzosamente obligado a reconocer la soberanía divina. De lo cual extraemos un corolario, toda soberanía que el hombre quisiera ostentar o colocar en un ente ajeno a Dios debe primero rendirse a la soberanía primera que es la divina.

Pues bien, supongamos pues que existe un ente ajeno al mismo Dios que es soberano. Con la definición de soberanía, y dada la naturaleza creadora, ese ente soberano se encuentra bajo la soberanía divina. Supongamos ahora que hay un choque de intereses entre la soberanía ajena a la divinidad (que llamaremos a partir de ahora creada) y la soberanía divina. Dada la definición de soberanía y que ambos son soberanos nos encontraríamos con un absurdo, pues ninguno puede plegarse pues ostenta la soberanía, pero la creada debe plegarse ante la divina como antes demostramos. En conclusión, la soberanía creada no es soberanía pues no es independiente a Dios, por tanto es inexistente y ostentarla es contrario a la ley natural y divina.

Lo que hemos demostrado no es en absoluto baladí, pues de ello podemos extraer un segundo corolario: el apoyo o colaboración con la llamada soberanía creadora constituye un ataque a la soberanía divina y una participación en la relativización de los derechos de Dios para con la sociedad.

  1. Soberanía y ‘participación’ política

Estas reflexiones que hemos desarrollado me han acompañado en mi análisis de la realidad política española estos últimos días. Analizando así las diversas formaciones que concurrieron a las elecciones generales, no es difícil percatarse de que todos ellos sostienen el principio de soberanía. Claro, he aquí el obstáculo insalvable pues no le es lícito a un católico otorgar su apoyo a una formación que en sí sostiene dicho principio, contrario a la ley natural y divina.

Ante esta situación, es fácil que nos inunde una actitud descorazonadora, que lleva a pensar si tras nuestra ortodoxia doctrinal no se esconde cierta cobardía o indiferencia ante esta situación. Trataré de abordar este punto.

En primer lugar, es radicalmente falso que la participación política sea exclusivamente introducir papeles en cajas para elegir al político del momento. La política es una ciencia cívica (4) orientada al bien común de la ciudad. Por tanto, existe una amplísima gama de actividades que quedan dentro de la política clásica y que el liberalismo no concibe como actividades políticas. Ello quiere decir que la no participación en el sistema electoral (ante la inexistencia de partidos que defiendan lo aceptable para todo católico) no es una indiferencia ante la política, puesto que el mero hecho de una reunión donde se forman los hombres propios de la ciudad con fines políticos, ya es un acto político en sí. Respecto a la necesidad de elegir forzosamente, a pesar de que los partidos hoy vigentes reconozcan la soberanía, respondo con una frase de Castellani: Ante dos males a elegir, la opción correcta es no elegir.

  1. Conclusión

A modo de conclusión me gustaría traer a colación un fin al cual hemos de orientar nuestra lucha, para que el final de este artículo no se cierre con una reflexión más que no pase del ámbito especulativo.

El fin, y la obligación, de los católicos en política queda orientada a lograr el Reinado Social de Cristo. Así, toda nuestra acción política debe encaminarse a dicho fin y, por el contrario, toda acción política que nos aleje de dicho fin no es más que una trampa del sistema para que los disidentes del mismo queden obnubilados con supuestas rupturas que lo único que hacen es reconducir al redil aquellas ovejas que se le escapaban.

Por ello, junto con la resistencia a las oleadas de estos intentos por parte del sistema de ‘reeducarnos’ o crear disidencias controladas (a las cuales debemos responder con un no rotundo) debe coexistir la acción personal y conjunta por establecer orgánica y progresivamente el logro del Reinado Social de Cristo. Ese es nuestro deber político ineludible.

Javier FS

BIBLIOGRAFÍA

 

  1. TOMÁS DE AQUINO, Suma de Teología, I-IIae, q. 106, a. 4.
  2. TOMÁS DE AQUINO, Suma de Teología, I-IIae, qq. 1-5.
  3. TOMÁS DE AQUINO, Suma de Teología, I-IIae, q. 3, a. 8.
  4. TOMÁS DE AQUINO: Comentario a la Ética a Nicómaco, Libro Primero, 1252 a 1-1260 b 1. Citado en PRIMITERRA, E.: Tomás de Aquino, el pensador político, Nuevo Pensamiento, Año 4, 2014, pág. 403.

 

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