El laicismo, ideología esencial de la Modernidad

“La potestad eclesiástica no debe ejercer su autoridad sin la venia y consentimiento del gobierno civil”. Error número XX del Syllabus, condenado por Pío IX.

Quisiera comenzar con este error condenado por S.S. Pío IX pues estimo muy conveniente para los conceptos y reflexiones que me propongo llevar a término a continuación.

Es de gran actualidad la utilización de términos como separación, laicidad, sana laicidad, laicismo… Si bien es cierto que no pretendo abordar la problemática esencialmente teológica que estos términos esconden en sí, sí me gustaría referirme a sus aplicaciones o prolongaciones políticas, las cuales estimo de gran actualidad y necesidad hoy.

  1. Laicismo

Entendemos por laicismo un término que en su génesis literal alberga un concepto ideológico, y en el ámbito conceptual una concreción práctica desarrollada en torno a la marginación de la Iglesia de los asuntos temporales. El profesor Miguel Ayuso lo define con la precisión idónea:

lo denota el sufijo “ismo”, ligado a una ideología. Una ideología, la liberal, basada en la marginación de la Iglesia de las realidades humanas y sociales. En efecto, el naturalismo racionalista puesto por obra en la Revolución liberal, y condenado por el magisterio de la Iglesia, recibió entre otros el nombre de laicismo (1).

Con ello nos referimos a una concepción pues conceptual, ideológica, que concibe al Estado con la capacidad de tener un poder soberano (cuyos depositarios pueden variar en torno a la voluntad general, el individuo, el mismo Estado…) que como tal pretende ser total y abarcar la totalidad de los campos de la sociedad. Por tanto, dicho planteamiento ideológico se materializa en una práctica, común en todos los movimientos de la Modernidad, de marginación (en ocasiones total y en otras gradual) de la Iglesia. Dicha marginación no sólo se lleva a cabo en terrenos absolutamente espirituales, sino en asuntos temporales en los cuales la autoridad de la Iglesia ha quedado totalmente sustituida (he aquí uno de los puntos más interesantes de la cuestión).

El laicismo pues constituye uno de los pilares de la esencia de la propia Modernidad. Desde su génesis en Lutero (2), invitando a los príncipes seculares a ocupar el papel de la propia Iglesia, pasando por el nacimiento de Europa (totalmente alejado de la Fe católica), las Revoluciones liberales (donde veremos un laicismo teórico y práctico)… Una vez caído el Antiguo Régimen a manos del liberalismo, se ha hecho del laicismo, dogma de la nueva pseudo religión que constituye la democracia liberal. Separar, por tanto, laicismo y Modernidad es un imposible conceptual (a la par que absurdo). El laicismo como tal, constituye una grave perturbación del orden natural y sobrenatural, pues a Dios le es arrebatada su condición de único soberano, quedando su Iglesia en manos de los Estados, los cuales decidirán cuál debe ser su futuro. Esto es un fenómeno de terribles consecuencias sobre el cual la Iglesia se ha pronunciado y condenado (3).

Ante esto es posible que el lector hábil se percate de que en el mundo católico dicho mensaje constituye un dique frente al cual se golpean las líneas pastorales actualmente impuestas. Ello se debe a la existencia de un término muy operativo hoy día conocido como laicidad. La laicidad, o ‘sana’ laicidad como algunos la llaman vendría a conjugar el respeto a Dios y a su Iglesia con el laicismo que lo margina, en otras palabras, vendría a ser un laicismo suavizado. Históricamente, dicho término se aplica en la práctica en el s. XX, y surge en lo ideológico del propio laicismo (4), y será especialmente a raíz del Concilio cuando la laicidad pase a ser enarbolada como la característica idónea de toda comunidad política sana. Obviamente, la contraposición de estos dos términos (laicismo y laicidad), que comparten naturaleza (5), no responde sino al intento de bautizar al término original (laicismo) moderando sus más lógicas consecuencias (esta moderación conlleva a la institucionalización del principio laicista en la vida social como podemos comprobar hoy en día en las sociedades antaño católicas). Es por ello que a partir de ahora utilizaré exclusivamente el término laicismo, dado que la laicidad como tal es común a este en esencia, siendo la diferencia entre ambos que esta última vendría a suavizar los impulsos esenciales del laicismo, con el fin de presentarlo como un bien posible.

  1. Laicismo y laicidad en la vida política

Una vez desenredado (de forma muy superficial) el entramado conceptual de los términos, me dirijo al objeto de este artículo: sus aplicaciones concretas en la vida política. Por supuesto, no pretendo una relación causa-efecto exhaustiva del asunto pues desbordaría mis pretensiones. No obstante, no renunciaré a algunas reflexiones concretas en lo que a este tema se refiere.

En primer lugar, la política como ciencia moral prudencial cuyo objeto es el bien común de la comunidad sobre la cual se desarrolla, no puede ser entendida desligada de la virtud de religión (en este caso siendo el ente que la ejerce un ente colectivo). Así, el laicismo constituye un ataque frontal en el propio concepto de política en el sentido original y natural del término. La Modernidad como tal, con el laicismo que conlleva precisa de un proceso de modificación negativa de la política como ciencia moral prudencial en lo que a su objeto se refiere. Es obvio que no puede cambiar su dimensión natural, por ello trata de modificar el bien al cual se dirige naturalmente, para así invertir el signo de las acciones que bajo la misma se desarrollan. Así, la Modernidad excluirá del bien común la idea de Dios, pues si se mantuviere, sus pretensiones laicistas chocarían con la comunidad política natural. Esta sustracción de lo divino opera en todas las formas de Modernidad política conocidas.

Pero, he aquí que nos encontramos con un problema que no se puede solventar. Pese a que el hombre moderno lo pretenda, no es creador. Como tal no puede modificar la naturaleza y, por ello, la Modernidad ‘crea’ una comunidad política artificial y ficticia. Artificial pues no viene de la naturaleza sino que es fruto del intento de modificación de la misma por el hombre moderno, y ficticia porque la naturaleza permanece presente, a pesar de sus intentos de modificación.

Respecto a la política misma, esto tiene consecuencias muy concretas. Dada la dimensión antinatural de la comunidad creada, esta no es receptiva a la gracia misma y, por ello, no reconoce aquello que tiene la obligación: la Realeza social de Cristo. Una comunidad así constituida no puede llevar más que a la apostasía institucional y la persecución (como estamos viendo y sufriendo) de aquellos que cuestionan sus principios.

  1. Política católica

Pues bien, ¿cómo es posible para nosotros el desarrollo en estos ámbitos?¿Cuál es la postura que, en conciencia, se debe seguir? Indudablemente nos encontramos ante una situación tremendamente compleja. Es pues nuestro deber firma aquel que fue el lema de san Pío X: Instaurare omnia in Christo.

Para la restauración de todas las cosas, incluida, por supuesto, la política, en Cristo es preciso un proceso de reacción frente a los ámbitos en los cuales la Modernidad ha conseguido imponerse. Como ya imaginamos, ello implica una reacción en gran cantidad de ámbitos. No obstante, dado que este artículo es de naturaleza política, me gustaría esbozar las líneas de reacción política.

En primer lugar hemos de fijar nuestra acción en un grupo, si ya lo hubiere, desde el cual se lleve a cabo una reacción coordinada y organizada. A este respecto, la fuerza que mantiene, desde la irrupción violenta moderna en España hasta hora, la línea reaccionaria por antonomasia es el carlismo (Christianitas minima en palabras del profesor Elías de Tejada). Esta esencia reaccionaria del propio carlismo viene marcada por una reacción total, la cual previene de posibles posibilismos en ámbitos que, si se dieran, darían al traste con la reacción original.

Una vez fijada la reacción, que no puede ser espontánea y anárquica, toca encuadrarla en el marco político. Pues bien, el sistema actual no presenta opciones políticas estables que sean una reacción al mismo, sino partidos del propio sistema que buscan su modificación y, con ello, garantizan su supervivencia. No con ello, estoy invitando a la inacción ni mucho menos, sino a la comprensión total del término político. Es decir, la política no se reduce al acto de dar el voto, sino que tenemos el deber de fomentar y organizar actos de naturaleza política durante todo el año, pues el objeto de la política es el bien común (el cual debe perseguirse con regularidad y no cada cuatro años).

Estas líneas de actuación nos ayudarán a configurar núcleos de resistencia que aspiren al desarrollo político pleno. La claudicación en el origen de dichas formas de actuación llevará, necesariamente, a la imposibilidad de alcance del fin perseguido.

Miguel Quesada

BIBLIOGRAFÍA

 

  1. AYUSO TORRES, M.: La ambivalencia de la laicidad y la permanencia del laicismo: la necesidad de reconstruir el derecho público cristiano, Verbo, núm. 445-446 (2006), pág. 421.
  2. Véase a este respecto CASTELLANO, D.: Martín Lutero. El canto del gallo de la Modernidad, Marcial Pons, Madrid, 2016.
  3. Veáse PÍO IX: Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores, XX-LXIV. Nótese que dicho documento pontificio queda integrado en el Magisterio perenne de la Iglesia, siendo así su nivel de opinabilidad inexistente.
  4. AYUSO TORRES, M.: La ambivalencia de la laicidad y la permanencia del laicismo: la necesidad de reconstruir el derecho público cristiano, Verbo, núm. 445-446 (2006), pág. 421.
  5. Ídem

 

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