Sobre Cataluña

  1. Introducción

   Las imágenes que vemos sucederse en los medios de comunicación son de una crudeza tal que comprensiblemente llevan al pánico. En ese contexto, el pánico es favorecedor de soluciones rápidas y simples, y cuya falta de complejidad las lleva a observar la realidad desde posturas ideológicas férreas, donde el único resultado esperable es que la solución potencie el problema inicial. Me causa profunda frustración ver a personajes conservadores que optan por mayor severidad constitucional positivista ante el separatismo, o que depositan su confianza en partidos que, aunque aparentan solidez en sus principios, desean desarrollar la solución al problema desde la legalidad parlamentaria y constitucional. A mi juicio, estimar que el medicamento que envenenó al paciente debe ver aumentada su dosis para la recuperación del enfermo, es una incorrección que responde a una mentalidad tremendamente ideológica o absolutamente torpe (aunque me temo que ambas no son incompatibles). No, para comprender el separatismo catalán hay que señalar a los culpables, hay que identificar correctamente el virus. Mientras no optemos por esta vía, el monstruo separatista seguirá creciendo, y seguiremos sin encontrar una solución.

2. El principio de causalidad del problema

   De todos es sabido que el problema catalán viene de muy atrás. Si bien es cierto que podemos encontrar discrepancias en el comienzo del mismo problema (1), hay un hecho a mi juicio claro: es la Modernidad la que convirtió a la tierra catalana, pasando de ser un compendio de tradiciones medievales (2) a un nido de ideologías que en su maduración han engendrado la situación actual. La irrupción de la Modernidad, ya palpable en el Renacimiento trajo consigo un nefasto legado que anidó en los reinos de la Cristiandad. En palabras de Torras y Bages: Al salir de la Edad Media, Europa aborreció la naturaleza, el organismo social que espontáneamente por espacio de doce siglos en su seno había fraguado, los pueblos quedaron deslumbrados por el esplendor de los antiguos Estados, que el Renacimiento les ponía delante con sus pompas clásicas (3). Otra declaración interesante: El Renacimiento mató el espíritu popular, informó la monarquía absoluta y llevó finalmente a la revolución (4).

   Sin duda sería interesante detenernos a matizar la problemática analogía entre la estatalidad antigua y la moderna hecha en la cita, así como el papel de Europa más que como víctima, como ente consecuencia de los fenómenos previamente descritos, pero no es el objeto de estas líneas. Nuestra intención es acotar el problema en sus dimensiones temporales en este momento, y no cabe duda de que la penetración de la Modernidad es la caja de Pandora de la Christianitas maior. Pero hablar de Modernidad es hablar del Estado, del Estado moderno, que, si bien es cierto que existe un debate en torno a su consolidación en el mundo hispánico (5), el fenómeno de la paraestatalidad (6) es muy operativo para comprender la deriva catalana.

   En primer lugar confluyen dos aspectos fundamentales para un estudio óptimo la situación. El medievalismo catalán como expresión de garantía de las libertades tradicionales en dicha tierra se ve rápidamente afectado por los decretos de Nueva Planta (1707-1716) promulgados por Felipe V. La matriz medieval que imperaba en la zona catalana se ve trastocada sin duda ante esta medida, favorable a la centralización (recordemos que la herencia francesa se encuentra presente, y la Francia de la Edad Moderna tiene como telón de fondo la paraestatalidad moderna, quizás no perfeccionada en el momento). A ello hemos de añadir una observación fundamental, es propio de una postura ideológica y ajena a la realidad la denominación de etapas históricas (con toda la complejidad que encierran) con términos posteriores, y más especialmente vertebrados ideológicamente. Esto mismo ha ocurrido con el fenómeno del centralismo, queriéndose hacer pasar a la Monarquía católica como un aparato centralizador del momento. El estudio de las fuentes revela que nada más lejos de la realidad, es más la irrupción del centralismo, con su componente ideológica tiene por paladín al liberalismo y a su concepción racionalista de la sociedad, siendo para ellos necesaria la racionalización política, hermana sin lugar a dudas del centralismo moderno.  Por ello, no se entiendan mis palabras como un escrito contra Felipe V como monarca, puesto que estoy convencido de que la victoria en la Guerra de Sucesión (1701-1713) del archiduque Carlos hubiera tenido nefastas consecuencias. Felipe V sin duda fue un digno rey a la altura del trono hispánico, pese a lo que se sostiene en ambientes conservadores varios. No obstante, la centralización, al ser contraria a la misma naturaleza hispánica no aportó grandes beneficios.

   A todo ello hemos de añadirle la usurpación monárquica de 1833, que favoreció el establecimiento del liberalismo. Una vez en el poder, el liberalismo centró su atención en la zona catalana como semillero de tradicionalismo hispánico. El bombardeo ideológico durante todo el XIX (muy significado en el control eclesiástico) incubó el monstruo que si ya en el XX enseñó sus fauces, hoy lo vemos no sólo mostrándolas, sino haciendo uso de ellas.

   Pero podemos preguntarnos, ¿cómo, pese al liberalismo, ese bastión de tradición hispánica cayó? La respuesta es que antes habían caído los dos pilares del mundo hispánico, haciendo que su vinculación con las Españas fuera insostenible. Esos pilares son la unidad católica y la monarquía tradicional, ambos acaecidos a partir de la usurpación de 1833. La pérdida de la unidad católica viene de la mano de la llegada del Estado moderno, cuyos principales arquitectos y valedores han sido los períodos conservadores de los dos últimos siglos (7). La irrupción de la estatalidad moderna (ya sea consolidada o en su fase de gestación) viene a engullir a la comunidad política en el aparato estatal. Dado que ahora es en este último donde reside el foco de importancia, la unidad católica (que penetraba a la comunidad política) se ve ensombrecida por la confesionalidad estatal. La confesionalidad transformará, quizás de forma inconsciente, la mentalidad católica en una mentalidad clerical (que cuando los aires de Roma se tornen desfavorables en la segunda mitad del s. XX, imposibilitará una reacción ante la línea oficial eclesiástica). En segundo lugar, la irrupción del liberalismo socavará los cimientos monárquicos de España, y la falsa monarquía parlamentaria será el instrumento para el tránsito de la monarquía a la democracia sin sobresaltos).

   Caídos los pilares que conforman la matriz hispana, Cataluña pierde la unidad en la misma fe y la fidelidad al mismo rey (pues ambos conceptos quedan vaciados, con las pantallas de la confesionalidad y la pseudo monarquía parlamentaria). En ese contexto, se materializó la profecía de Menéndez Pelayo: España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas (8).

3. El regionalismo como conclusión

   Sin duda, la fuerza con la que el nacionalismo separatista azota a nuestra Patria ha tenido también su repercusión en el lenguaje, y la palabra ‘regionalismo’ se tiñe de tintes separatistas, a los cuales no sólo es ajena sino contraria. El tradicionalismo abraza sin escrúpulos el principio regional, el cual permite que, con la materialización jurídica foral, las diversas regiones que integraban las Españas se rijan en base a sus costumbres y tradiciones propias. El nacionalismo centralista, muy de moda últimamente en el ambiente conservador, no entiende, al plantear sus ansias centralizadoras, la esencia hispánica. Si la Hispanidad mayor fue definida por san Bernardo como un conjunto de astros que giran en torno a dos ejes: el sol del Papado y la luna del Imperio (9), por traslación y puesto que la Monarquía católica pasó, según el profesor Elías de Tejada (10), a convertirse en el bastión de la Cristiandad (disuelta a mayor escala por el nacimiento de Europa), podría definirse a la Monarquía católica como un conjunto de astros que giran en torno a dos ejes: el sol de la unidad católica y la luna de la Corona. Por ello, dada la heterogeneidad plural (que no pluralista) de las Españas, las teorías centralizadoras sólo son explicables como ideológicas y de origen extranjero.

   El regionalismo habilita la sana autarquía de las diversas regiones a regirse según su historia y tradiciones. Muy a propósito son estas palabras de Canals Vidal: la tiranía ama la concentración de poder, pues así le es más fácil aprovecharlo en beneficio suyo y como la tiranía liberal […] será sin duda una de las más terribles que han afligido a la humanidad, […] ha ido matando la vida de las regiones (11).

   Por ello, ante la población catalana que ahora desea la separación  hemos de señalar a los culpables que les arrebataron su religión como principio civilizador y su rey como elemento de unificación y mando, y presentar la vía regional, que habilita que en su tradición menor, haya una integración mayor en las Españas. Esas libertades regionales tienen el paladín más esforzado en la Comunión Tradicionalista, y ellas son elementos esenciales de aquel programa que en el orden político nosotros defendemos; nosotros, que nos apoyamos en la tradición, creemos en esa realidad histórica que se ha fundado sin obedecer a más programas que el de la Iglesia católica, en el cual , el plan y el arquitecto, como el principio de la creación, fueron un mismo ser, para que sirviese de bosquejo a la sociedad española; nosotros, que sabemos eso, creemos que cuanto más trabaje cada región y más ahonde en las capas históricas que la forman, más llegará a encontrar los cimientos de su constitución interna, y, soterrada en ellos, alguna veta que la una con las demás regiones; y cuando todas hayan cavado lo bastante para dejar al descubierto el edificio que la Revolución ha tratado de cubrir con escombros, no habrán hecho otra cosa que sacar a la luz del sol, a recibir los esplendores de una nueva vida, la constitución interna de toda nuestra España (12).

Luis M. Díez

BIBLIOGRAFÍA:

 

  1. FORMENT, E.: Nacionalismo y hecho religioso. Una aproximación doctrinal. Anales de la Fundación Francisco Elías de Tejada, año IV (1998), Madrid,  pág. 136.
  2. Ídem
  3. Ibidem, pág. 141.
  4. TORRAS Y BAGES: Consideracions sociològiques sobre el regionalisme, op. cit. pp. 342-343. Citado en FORMENT, E.: Nacionalismo y hecho religioso. Una aproximación doctrinal. Anales de la Fundación Francisco Elías de Tejada, año IV (1998), Madrid,  pág. 141.
  5. NEGRO PAVÓN, D.: Sobre el Estado en España, Marcial Pons y Fundación Francisco Elías de Tejada, 2007.
  6. La entenderemos como un estado situacional donde elementos propios del Estado interfieren en una comunidad donde no ha logrado asentarse el Estado propiamente.
  7. AYUSO, M.: La Hispanidad hoy. De la Historia a la prospectiva, Verbo, núm. 479-480 (2009), pág. 778: En particular serán los períodos “conservadores” (“moderados” en el lenguaje político de mediados del siglo), de Narváez a Cánovas del Castillo, los que sienten sus bases. Realidad reafirmada todavía en el siglo XX con la experiencia del régimen del General Franco, verdadero modernizador del “Estado español”.
  8. MENÉNDEZ PELAYO, M.: Historia de los heterodoxos españoles, Epílogo.
  9. ELÍAS DE TEJADA, F.: La monarquía tradicional, Rialp, 19  , pág. 36.
  10. Ibidem, pp. 43-51.
  11. CANALS VIDAL, F.: El 11 de septiembre de 1714, op. cit. pág. 176. Citado en Citado en FORMENT, E.: Nacionalismo y hecho religioso. Una aproximación doctrinal. Anales de la Fundación Francisco Elías de Tejada, año IV (1998), Madrid,  pág. 140.
  12. VÁZQUEZ DE MELLA, J.: Textos de doctrina política. Estudio preliminar, selección y notas de Rafael Gambra, Madrid, 1953, pág. 47.

 

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