Sobre el nuevo gobierno

Estamos asistiendo a un hecho reciente cuyo efecto en la sociedad me parece digno de análisis en tanto en cuanto es revelador en lo que a la situación se refiere. Dentro de las consecuencias que hemos visto desencadenarse tras la investidura de Sánchez, una de las más significativas es el terror o miedo, incluso la sorpresa de los límites a los cuales ha llegado el pueblo español. En este artículo me gustaría dar una visión desde un prisma ajeno al propio sistema con la esperanza de arrojar un poco de luz al asunto. 

La lógica revolucionaria

Primeramente hemos de integrar una serie de bases teóricas para que estas reflexiones cobren forma de manera general, y no tanto como disquisiciones puntuales diluidas en las circunstancias en las que se desarrollan. 

La consideración de que España, desde el s. XIX hasta nuestros días se encuentra en un sistema de corte revolucionario constituye un pilar en la consideración de la situación. Ante las muecas a la situación actual es posible que haya despertado la controversia en el lector, lo cual me propongo remediar a continuación. Con la irrupción del liberalismo, España queda entregada (no sin resistencias) a manos de los revolucionarios. Asignar a la palabra revolucionaria un joven sobre un coche, ladrillo en mano, cuyo fin es el desorden es una tentación que hemos de superar para ser objetivos y comprender el fenómeno. Un revolucionario es aquel que participa, de forma directa o indirecta, en la llegada de la Revolución. Dicho esto procedamos a bosquejar el concepto de Revolución en unas líneas para completar la definición previa. La Revolución es un proceso mediante el cual, en base a una ideología previa, se pretender socavar la situación natural en la que se encuentra con el fin de construir una nueva ‘realidad’ basada en los presupuestos previos. En el ámbito político y religioso se configura como el triunfo, el desarrollo completo de un principio subversivo de todo el antiguo orden social (1). La palabra ‘desarrollo’ traída por mons. Segur es perfecta para comprender que la Revolución no es un hecho concreto y aislado, sino que se va configurando a lo largo del tiempo. Ejemplo de ello pueden ser Cánovas y Rajoy, ambos liberales, luego revolucionarios, pero con planteamientos distintos en muchos aspectos (fruto del avance del propio liberalismo conservador). 

Dicho esto, lo que al denominar este apéndice he catalogado como lógica revolucionaria viene a colación de esto. Es decir, la revolución avanza hacia su fin, siendo por tanto un proceso de alternancia destrucción y mantenimiento. De destrucción del orden natural (lo cual es ejercido por los revolucionarios progresistas) y de mantenimientos de los logros revolucionarios (ejercido por los conservadores). 

Es por ello que la sutil opción que a muchos se le plantea materializada en el apoyo en el conservadurismo como remedio al progresismo no es más que una quimera conceptual y práctica. Recordemos cómo Balmes denomina, teóricamente, a los conservadores de su época (entonces moderados): El carácter de ese partido ha sido el tener un pensamiento revolucionario combinado con la timidez: deseo de lograr un fin, pero falta de audacia para emplear los medios. Él se encargó de abrir las puertas a la revolución, y él se encarga de legalizarla (2). Ejemplo de ello puede ser cómo elementos revolucionarios, como el constitucionalismo, se ven asumidos por la totalidad de la población al ser incuestionables por todos los partidos, viejos o nuevos.

La lógica democrática

Hecha la previa diferenciación en lo que a la dinámica del liberalismo se refiere, ahora me gustaría referirme a lo que he denominado lógica democrática, que es una problema que se integra en nuestro plexo de errores conceptuales, políticos… La democracia que hoy padecemos es entendida y configurada como forma de gobierno, es decir, sobre la errónea pretensión de que el sufragio determina la Verdad, el bien… Hablar de democracia entendida como forma de gobierno es, en mi opinión, irrisorio debido a la inexistencia de la misma. 

Ahora bien, la democracia como fundamento del gobierno no es otra cosa que la interpretación liberal de la democracia entendida como forma de gobierno. A su vez, el liberalismo, corruptor del orden cristiano (3), no postula, como algunos sostienen, un vacío en lo que se refiere a su entendimiento del hombre, de la sociedad… sino una agenda revolucionaria contraria al propio cristianismo. Por ello, la democracia es utilizada en último término como forma de legitimación de dicha programación total previa. Detengámonos en esto.

El hombre vota en un período de tiempo. Cuando lleva a cabo dicha acción el hombre no se abstrae de su circunstancia, no en el sentido de Ortega sino en sentido clásico (accidentes individuales de los actos humanos (4)). Ahora bien, también sabemos que la voluntad se orienta a un fin (tiende por naturaleza la voluntad, lo mismo que cualquier potencia a su objeto, es al bien en común, y también al fin último, que se comporta en lo apetecible como los primeros principios de las demostraciones en lo inteligible; y, en general, a todo lo que conviene a quien tiene voluntad según su naturaleza (5)). Ahora bien, por el pecado original el mal nos atrae hasta el punto en que podemos sustituir nuestro fin natural por otros aspectos que entendemos como buenos, pero que comportan el mal. Por ello, ante la elección, el llamado falso fin influye en nuestros actos, haciendo de la libertad instrumento del mal debido a su uso para nuestro alejamiento del bien. El sistema, por ello, ideologiza incluso a niños con el fin de subvertir el fin natural, y hacer que busquen satisfacciones temporales y falsas, la cuales les prometen, para mantenerse en el poder. Por ello, y no sin falta de razón, la democracia como fundamento del gobierno ha sido descrita por el profesor Miguel Ayuso como la puesta en común del pecado original.

Es por eso que, sorprendentemente, los votantes sigan eligiendo a partidos con ideologías perversas. La razón radica en que se les ha introducido el indiferentismo como norma general de juicio ante problemas ajenos. Así, no tienen escrúpulo en dar su apoyo a grupos que le rebajarán la tarjeta del metro, aunque en el programa lleven ‘políticas’ de ideología de género. 

Reacción y solución

Puede que mi análisis haya comportado la desesperanza de algún lector. Al no ser esa mi intención me propongo evitarlo a continuación. La podredumbre espiritual del liberalismo ha causado sin duda generaciones de pusilánimes, que disfrutan de móviles de última generación, gastan su tiempo en hablar de las últimas series que han devorado y que lloriquean cuando ven en las noticias los camiones de pollos hacia el matadero. Faltaría al sentido común quien no viera en esta sociedad una materialización canónica de sociedad decadente y descreída. La solución pasa por dos hechos fundamentales:

  1. Denunciar el sistema (liberalismo) y la lógica (revolucionaria) que nos ha traído aquí y mostrar nuestra repulsa a ambos, en la teoría y en la práctica.
  2. Prolongar ese rechazo a lo anterior al campo de los hechos. Sólo a través de aquello que es ajeno a la revolución esta puede ser combatida. El enfrentamiento a la ideología con ideologías, también revolucionarias, sólo nos lleva a situaciones igualmente heterodoxas, como puede ser el marxismo. 

La doctrina que es anterior y contraria a la propia Modernidad no es otra que el pensamiento político tradicional hispánico. Aquel que dio base teórica a los reinados de Austrias y Borbones, aquel que empujó a integrar las realidades naturales bajo el cetro de Cristo Rey, y aquel que movió al tradicionalismo carlista a levantarse ante la usurpación dinámica y conceptual que vivimos desde el s. XIX. Comprendido esto, la desesperanza no tiene cabida en los corazones de los soldados de Cristo, que tienen seguridad de la victoria de Nuestro Señor, y con su colaboración engrosan esta Santa Causa, en la que por pura misericordia tenemos el honor de combatir. 

Luis M. Díez

BIBLIOGRAFÍA

  1. DE SEGUR, L. G. A.: La Revolución. Traducción del P. Marqués de la Romana, Imprenta de la Esperanza, Madrid, 1863, pág. 9.
  2.  BALMES, J.: Obras completas, Tomo VII. Escritos políticos II, BAC, Madrid,1950, pág. 8.
  3. LEÓN XIII: Libertas Praestantissimun, nº XI: Pero son ya muchos los que, imitando a Lucifer, del cual es aquella criminal expresión: No serviré[8], entienden por libertad lo que es una pura y absurda licencia. Tales son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso, y que, tomando el nombre de la misma libertad, se llaman a sí mismos liberales.
  4. TOMÁS DE AQUINO: Suma de Teología I-II, q. 7, a. 1. 
  5. Ibidem, q. 10, a. 1.

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