Sesión juvenil III: España. Precisiones sobre Patria, Nación y Estado.

 

  1. Íncipit

Una vez abordada la cuestión fundamental de la unidad católica en la sesión anterior (1), procederemos ahora al estudio de la cuestión de la sociedad natural a una escala superior de los cuerpos sociales básicos, encontrando pues la articulación del principio de subsidiariedad (al cual competen estos últimos) con el principio de la totalidad (a través de la pauta del bien común (2)). No obstante, la irrupción de la modernidad en lo que al asunto se refiere no ha hecho más que enturbiar la sana doctrina clásica, que engarza con la mejor tradición hispánica política, generando un aluvión de errores doctrinales, filosóficos, políticos… que agravan aún más la crisis teórica, y por consiguiente práctica. Es por ello que, mediante estas reflexiones, nos proponemos arrojar algo de luz al debate y, en el mejor de los casos, reconducir a los participantes de estas sesiones a la ortodoxia doctrinal, base de cualquier reacción legítima al sistema corrupto y bastardo que padecemos. 

2. Patria

Comencemos por el término de la patria. No es, desgraciadamente, excepción en lo que a contaminaciones ideológicas se refiere. Es decir, dada la dimensión natural, clásica y legítima del término, las ideologías de diversa índole han planteado (mediante el acopio semántico) bautizarse a sí mismas por la vía nominal (3). La utilización ideológica del término ‘patria’ afecta necesariamente al fin último de dicha acción, dotándola, por tanto, de una dimensión enlodada en dicha ideología. 

Por otro lado, es preciso aclarar el ortodoxo significado de la misma con la finalidad de separar el trigo doctrinal de la cizaña ideológica. Cierto es que en el pensamiento clásico, la palabra patriotismo no forma parte del léxico (4), ahora bien, se puede analizar el pensamiento clásico en busca del concepto, no literal. En el caso de santo Tomás, encontramos que usa la palabra patria para referirse especialmente a la patria celeste (5), sin embargo, encontramos también el concepto de patria pero en este caso definido por el comportamiento que los hombres deben tener para con ella: todas estas virtudes que versan sobre las operaciones tienen de algún modo razón de justicia. Pero el débito no es de la misma condición en todas ellas, pues una cosa se debe de distinto modo a un igual, a un superior y a un inferior; y también se debe de distinto modo cuando es por pacto, por promesa o por un beneficio recibido. Y según estas diversas razones del débito, resultan ser diversas las virtudes. Así la religión da a Dios lo que le es debido, la piedad da lo que es debido a los padres y a la patria, la gratitud da lo que es debido a los bienhechores, y así las demás (6).

Así, podemos extraer dos conclusiones: en primer lugar que la patria por excelencia es la celeste (eso tendrá su fuerte papel en la influencia del fin), y por otro lado, la patria queda definida por la virtud de la piedad, que es la virtud de la justicia (dar a cada uno lo suyo) aplicada a aquellos a quién nos es imposible retornar todo aquello que se nos ha dado: Dios (que en su caso particular se denomina virtud de religión), la patria y los padres (7). La virtud de la piedad patriótica es el patriotismo.

Pero hemos de añadir una variable más a nuestro análisis, y es el hecho de que las acciones patrióticas han de tender, como toda virtud, a la bondad del fin al que se dirigen (8). Dicho esto, es absolutamente fundamental que lo mantengamos fijo en nuestro discurrir, puesto que las desviaciones heterodoxas que hoy sufre el concepto de patria o patriotismo vienen todas del propio sistema ideológico liberal (9). Además, de ello extraemos un corolario fundamental: dado que la patria atiende sustancialmente a su fin (en tanto en cuanto queda definida por la virtud patriótica o patriotismo, y esta tiende a la bondad del fin al que se dirigen), ello dota a las patrias de una enorme flexibilidad, apreciable en el mundo clásico. Ejemplo de ello puede ser el caso hispánico, en que dentro de esas sociedad de sociedades (que es la patria), esas regiones o incluso, naciones históricas, tienen perfecta cabida pese a sus constituciones históricas diversas. En base al principio de totalidad (10), que integra y articula el principio de subsidiariedad, para que podamos hablar de una unidad, existen dos vínculos entre los hijos de la patria hispánica, que de alguna manera responden a dos tipos de filiación: la unidad católica y la monarquía (11). Así por ejemplo, dentro de las Españas coexistían varias naciones históricas (como es el caso de Aragón), que en base a la fe católica y a la fidelidad a un mismo rey se integraban, con sus particularidades, en el reino hispánico.

3. Nación

Al haber señalado el concepto de patria, quisiera detenerme unos instantes en la nefasta irrupción del liberalismo, y sus modificaciones hacia la heterodoxia que siempre le acompañan. Primeramente hemos de llevar a cabo una distinción terminológica importante: la palabra nación (de nasci o nacer) denota la acción común, en cuanto surge de una sociedad supuestamente unida de alguna manera en origen, y que está cerrada en sí misma y cristalizada, por lo que una nación no podría unirse a otra sin disolverse (12). Es por ello que se puede hablar, sin temor a incurrir en error de naciones históricas (Aragón, Castilla, Navarra…). El elemento, que ya inicia una ruptura con el pensamiento clásico vendría de la mano de la llamada nación política. Esta idea toma la noción de origen propia de la nación histórica (nasci) y la adultera, sustantivándola, y dándole capacidad política, e incluso dotando de  voluntad propia a un ente abstracto. Recordemos que para los liberales, las naciones surgen cuando los hombres se ponen de acuerdo y por medio de un pacto las crean. De hecho, Locke sostiene: siempre que cualquier número de hombres esté así unido en sociedad de tal modo que cada uno de ellos haya renunciado a su poder ejecutivo de ley natural y lo haya concedido al poder público, entonces, y sólo entonces tendremos una sociedad política o civil (13). Es decir, los liberales conciben el origen común no en el sentido de la nación histórica, sino como el origen del pacto, por medio del cual crean la nación. Esa nación, tendría pues su esencia  en el origen de su formación (en contraposición a la patria, que pone la importancia en el fin). El concepto pues de nación liberal es mucho más cerrado y rígido, pues todo aquel que no tenga participación de ese origen común queda excluido de la misma, pues el fin es asumible desde la libertad, pero la ausencia del origen nacional es más ardua de obtener. El interés por esos puntos originales y propios no es otro que la búsqueda de una esencia nacional, con el fin de marcar las diferencias con otras naciones, dando lugar a los identitarismos y nacionalismos (14). A raíz de esto nos recuerda el profesor Gambra: cuando santo Tomás habla de la piedad patriótica no hace mención ni de la historia, ni de la cultura, ni de la lengua, tan escaso es el papel que concede. Sólo menciona la sociedad, sus hombres y sus gobernantes. El objeto de las virtudes anejas a la justicia, como la piedad, sólo pueden ser los hombres y la sociedad formada por ellos, pero no los usos, la historia o los símbolos (15)

Quisiera llamar ahora la atención sobre un punto que puede pasársenos desapercibido pero en lo que se refiere al orden clásico es prioritario. La irrupción de la nación política ha ido favoreciendo un aspecto terrible que ha consistido en la despersonalización del poder (llevado esto a su apoteosis con el Estado moderno, sobre el cual hablaremos a continuación). Cuando las monarquías se identificaron con las naciones enfrentadas durante la revolución protestante y luego Westfalia (16), estas cobran papel fundamental en el plano político. En esta abstracción del poder, veremos, especialmente y de modo innegable a partir de 1789, cómo las naciones políticas se sustantivizan, cobran aptitudes y características propias de entes no tan abstractos. Ilustrémoslo con algunos casos concretos, en el orden antiguo, cuando se tomaban decisiones que concernían a todo el pueblo, la responsabilidad de las mismas las tiene el rey, que es quien articula la comunidad política: usando la suprema autoridad que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto a mi Corona (17). Sin embargo, las naciones políticas justifican las acciones de sus gobernantes en el ente abstracto de la nación:  porque Italia quiere la paz para ella y para todos (18) o, manteniendo el principio nacionalista que parte del principio de nación liberal: España es irrevocable. Los españoles podrán decidir acerca de cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada que decidir (…) Las naciones (…) son fundaciones, con sustantividad propia (19). Esta despersonalización del poder tiene nefastas consecuencias para la concepción cristiana de la política en general, y del poder en particular, pues dado que la gracia presupone la naturaleza (20), Dios entrega el poder como don a los hombres. Quiero decir, los dones divinos no son legados a una silla o a un coche, sino a los hombres como elementos de santificación propia y colectiva. Ello coloca a la nación política sustantivada en una posición irreconciliable con los principios de la tradición filosófica católica.

4. Estado

Por último, y antes de cerrar estas disquisiciones con una conclusión, me gustaría hacer un bosquejo del Estado (21) en relación con el tema que hoy nos reúne. Antes que nada, una precisión teórica: si bien es cierto que el rastreo histórico de elementos comunes a un fenómeno actual suele estar manchados de determinismo historicista, también lo es que cuando esos factores tienen un patrón común y desembocan en un proceso único (con matizaciones) podemos encontrarnos ante indicios de causalidad. Dicho esto, la quiebra de la cristiandad en Westfalia, el legado de las rupturas (22) de la misma materializado políticamente durante la modernidad, la época de las monarquías absolutas donde el fenómeno de la paraestatalidad se encuentra operativo (siendo el telón de fondo del absolutismo)… son características que no pretendo abordar aquí dadas las pretensiones de estas líneas. 

Todo este conglomerado de hechos y principios ideológicos llevarán al desarrollo de un hecho nefasto y penoso de la Historia: la Revolución de 1789. Aquí sí podemos ver ya ese Estado que aparece desligado de la herencia monárquica clásica (23), esgrimiendo como causa de ello el profesor Elías de Tejada: La causa está en que dentro de una comunidad el poder político no es más que el rector que coordina el funcionamiento del sistema comunitario, fundiendo las voluntades esenciales y armonizando los varios sectores del conjunto colectivo. Al lado de ese poder político existen otras entidades más entrañables, más cercanas, más próximas, con las cuales nos identificamos por el mero hecho de nacer. Las sociedades son vergeles y no desiertos gobernados por el sol quemante del poder político (24). El Estado, en la lógica de articulación de la comunidad política, y basado en el principio de totalidad que organiza el propio principio de subsidiariedad, no tiene cabida lógica en un territorio como el hispánico, donde la articulación de la comunidad política es papel de la propia monarquía. Cuando el Estado moderno irrumpe, irrumpe con la lógica moderna, pero por medio de fases obviamente, pues su implantación canónica habría generado una reacción de enormes dimensiones que habrían frustrado el proyecto. Esa lógica tiene varias características: la lógica de totalidad de la que hablábamos se concibe como una unidad, y sus desarrollos giran en torno a ideas como asociación, igualdad, individualismo, progreso, cosmopolitismo, racionalización y centralización (25).

El proyecto de formación del Estado moderno como instrumento al servicio de la modernidad irá desarrollándose durante los s. XIX y XX, experimentando una fuerte crisis a finales del XX (la modernidad comienza a disolverse, cediendo el paso a la posmodernidad). Quisiera hacer una precisión, hemos señalado estas características negativas al Estado moderno, pero son fruto de que las mismas oscurecen las que pertenecen a la articulación de la comunidad política de forma superior o la aplicación del principio de totalidad entendido correctamente (comunidad, autonomía, descentralización, jerarquización natural, tradición, lealtad, localismo, personificación y subsidiariedad (26)). Por ello, nuestra crítica al Estado moderno no debe entenderse como una crítica a estos sanos principios, lo cual nos llevaría a tesis anarquistas o libertarias que nada tienen que ver con el carlismo. 

Recapitulando, cerramos esta parte con una genial sentencia del profesor Elías de Tejada: El Estado es, en definitiva, dos cosas: primera, la secularización del poder de mando, el cual es realidad anterior al Derecho y que el Derecho se empeña en reducir a cauces legales; segundo, la expresión de un mecanismo de fuerzas, reflejo de un mecanicismo entre situaciones individuales aisladas (27).

5. Conclusión

Quisiera cerrar estas reflexiones con la recuperación de esta sana doctrina política, pues constituye la única opción a la crisis moderna que nos aflige. La viabilidad de los proyectos no debe ser un acicate para la desesperanza, dada la dimensión sobrenatural del combate y la concepción tradicional de nuestro legado en la Historia. Es por ello que aquella perseverancia que se les pedía a nuestros hombres contra el francés en la Guerra de la Independencia, o contra sus ideas en las Guerras Carlistas o contra sus mutaciones y consecuencias en la Cruzada de 1936, se nos pide hoy el mantenimiento de la bandera de la tradición hispánica, de la doctrina clásica natural. No anhelemos otros deberes ni otros estados, con la transmisión perfecta de la doctrina, honraremos a los mártires y abonaremos el terreno para que, cuando Dios quiera, la reacción vuelva a producirse.

Miguel Quesada

BIBLIOGRAFÍA

  1. Véase QUESADA VÁZQUEZ, M.: Sesión juvenil II: España y la unidad católica, Círculo Hispalense, 20/XI/19.
  2. AYUSO TORRES, M.: La filosofía política y jurídica de Francisco Elías de Tejada, Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Percopo, Madrid, 1994, pág. 302.
  3. Ejemplo de ello podemos encontrarlo en el liberalismo: Los insultos no nos detendrán para lograr una patria de españoles iguales y libres (Discurso de Santiago Abascal el 10/XI/19). También encontramos este acopio en el marxismo: En cuatro años de heroica defensa de la Patria Internacionalista del Proletariado (Discurso de Iósif Stalin en Moscú, el 9/V/45) o el propio fascismo: En esta víspera de un acontecimiento de alcance secular dirigimos nuestro pensamiento a su Majestad el Rey Emperador, que como siempre ha interpretado el ánimo de la Patria, y saludamos la voz del Führer, el jefe de la Gran Alemania aliada (Discurso de Benito Mussolini en Roma, 10/ VI/40).
  4.  GAMBRA GUTIÉRREZ, J. M.: La sociedad tradicional y sus enemigos, Guillermo Escolar, Madrid, 2019, pág. 117.
  5. TOMÁS DE AQUINO: Suma de Teología, Ia, q. 58, a. 2 (en este caso es curioso que en la versión latina el término que usa es patria exclusivamente, dando a entender que la verdadera patria es la celeste). Véase también Ia, q. 106. a. 4; Ia, q. 113. a. 4 (aquí de hecho sostiene: homo in statu vitae istius constitutus, est quasi in quadam via, qua debet tendere ad patriam); I-IIae, q. 4, a. 8… entre otras muchas.
  6.  Ibidem, I-IIae, q. 60, a. 3.
  7. GAMBRA GUTIÉRREZ, J. M.: La sociedad tradicional y sus enemigos, Guillermo Escolar, Madrid, 2019, pp. 114-115.
  8. Ibidem, pág. 116.
  9.  Ídem
  10. AYUSO TORRES, M.: La filosofía política y jurídica de Francisco Elías de Tejada, Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Percopo, Madrid, 1994, pág. 302.
  11. Ibidem, pág. 309.
  12.  GAMBRA GUTIÉRREZ, J. M.: La sociedad tradicional y sus enemigos, Guillermo Escolar, Madrid, 2019, pág. 121.
  13.  LOCKE, J.: Segundo tratado sobre el gobierno civil. Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil, pto. LXXXIX.
  14. GAMBRA GUTIÉRREZ, J. M.: La sociedad tradicional y sus enemigos, Guillermo Escolar, Madrid, 2019, pág. 123.
  15. Ídem
  16. Ibidem, pág. 125. Nótese que este es un punto fundamental de análisis en la Historia de las naciones que de modo, como siempre, sublime, el profesor Gambra ha tenido la perspicacia de señalar.
  17. Palabras de Carlos III sobre la expulsión de los jesuitas.
  18.  Discurso de Mussolini el 5/V/36.
  19. PRIMO DE RIVERA, J. A.: Textos de doctrina política, Delegación Nacional de la Sección Femenina de FET de las JONS, Madrid, 1966, pág. 286. Citado en GAMBRA GUTIÉRREZ, J. M.: La sociedad tradicional y sus enemigos, Guillermo Escolar, Madrid, 2019, pág. 127.
  20.  TOMÁS DE AQUINO: Suma de Teología, Ia, q. 1, a. 8.
  21. Sobre el Estado moderno véase SANDOVAL, F.: Apuntes sobre el Estado moderno, Círculo Hispalense, 11/VII/19
  22.  ELÍAS DE TEJADA, F.: La Monarquía tradicional, Rialp, Madrid, 1954, pp. 37-42.
  23. AYUSO TORRES, M.: La filosofía política y jurídica de Francisco Elías de Tejada, Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Percopo, Madrid, 1994, pág. 305.
  24.  ELÍAS DE TEJADA, F.: La familia y el municipio como bases de organización política. Citado en AYUSO TORRES, M.: La filosofía política y jurídica de Francisco Elías de Tejada, Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Percopo, Madrid, 1994, pág. 305.
  25. Ibidem, pág. 303.
  26.  Ídem
  27.  ELÍAS DE TEJADA, F.: La familia y el municipio como bases de organización política. Citado en AYUSO TORRES, M.: La filosofía política y jurídica de Francisco Elías de Tejada, Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Percopo, Madrid, 1994, pág. 305.

 

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